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miércoles, 9 de septiembre de 2009

Nefoné el Justo

En el antiguo reino de Diferinos El Cauto no hubo nunca un conflicto que llevara a ninguno de sus ciudadanos a tener disputa alguna con otro. Ni siquiera con los vecinos de otras poblaciones se recordaba enfrentamientos. Solo algunos niños jugaban de vez en vez a recrear alguna de las batallas del antiguo rey Camilio El Grande, que fue el fundador de aquel reino de paz. Juegos que con espadas de madera siempre terminaba con el perdón de los vencedores a los vencidos. Era un lugar como jamás existió donde con increíble concordia vivían nobles, campesinos, mercaderes, reyes y prostitutas. El secreto de la tranquilidad de aquel reino era que tenía el juez más querido del mundo conocido, Nefoné el Justo.

Nefoné, que aparte de ser el juez del reino también era padre de 17 hijos, tallador de plata y curandero, tenía una virtud que ningún otro habitante del reino poseía: tenia el oído más desarrollado de todo la comarca. Era capaz de oír una conversación a kilómetros de distancia, escuchar hasta los pasos de las hormigas subterráneas, e incluso, según cuentan, el sonido de una vela al apagarse. Aquel prodigio hacia que la vida de Nefoné estuviera llena de una amalgama de sonidos, pero también un problema ya que los sonidos que sobrepasaran cierto volumen le producía un agudo dolor.

Pero Nefoné era un juez justo por convicción ideologica pero tambien temido porque sabia todo lo que sus habitantes contaban, esto lo convertía en el más poderoso del reino, hasta el mismísimo Rey estaba bajo su ley, y si la ley tenía el poder de escuchar a todo sus habitantes, estos cuidaban el no gritar, y por lo tanto a comunicarse en voz baja. Y aunque en los primeros años la gente actuaba por miedo a ser escuchado hubo un cambio que mejoró la vida de todos los habitantes del reino. Nunca nadie elevó la voz sobre la otra, y todos, absolutamente todos susurraban sus cosas creando así una calidez en cada cosa que se decía y fomentaba que la gente se escuchara entre sí. Curiosamente, nunca nadie más discutió.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Instante




Cuando se vieron por primera vez eran dos desconocidos absolutos, con la mirada fija, observándose, atendiendo a las palabras mientras, por entre sus ojos resumía sus contextos. Los dos sentidos más utilizados para la mayoría de las artes, el oído y la vista, estaban cubiertos de belleza en cada segundo que compartían. Cada uno era espectador silencioso de aquel momento de maestría: musicalizando palabras, danzando gestos, esculpiendo el momento.

Después de una hora, poniendo en veda la intensión de gustarse y echándose encima el tiempo de las huidas, decidieron darse el abrazo que igual era para despedirse que para saludarse, y otros dos sentidos entraron en cada corazón como un vendaval: Sus olores en sus olfatos alborotaron como ciclones al ardor de sus venas y el corazón en desbandada no daba para tanta palpitación. Se sintieron. Y cuando menos lo esperaban estaban abrazándose, calentándose al tacto, con tacto, sutilmente ya se conocían con cuatro de sus sentidos. Se gustaron en todos.

Solo quedaba uno, el íntimo sentido de sus sabores. Y en un momento grandioso, único, impregnados de la belleza, mirándose a los ojos, escuchando el huracán de su respiración, siendo parte del aroma de todo decidieron probarse con sabor de sus bocas. Pero no, el destino tenía algo preparado mucho más complejo para los dos,… o eso pensaron.



Ilustración: A Night to Remember (Teresa Moore)

jueves, 17 de julio de 2008

Las Hermanas Valcerillas

Lo más curioso de las solteronas y extravagantes hermanas Valcerillas, no era los 70 años de convivencia en una misma casa, ni sus atuendos retro-moderno entre lo ye-ye de antaño y la vieja pulcritud religiosa, y mucho menos que tuvieran esa similitud exacta, sin ser gemelas, de sus permanentes y tintes, como si tuviera la misma peluca siempre. Lo que más impresionaba de las Vacerillas era su gran capacidad para hablar ininterrumpidamente y de forma prodigiosa no decir absolutamente nada. Aclaro, lo decía todo el pueblo.

El fenómeno siempre me interesó. Estas virtuosas de las cuerdas vocales pronunciaban, allí donde fueren, miles y miles de historias, comentarios, sugerencias, discursos y criticas. El asunto es que lo hacia las dos a la vez, superponiéndose la una a la otra, preguntándose y contestando al unísono, a veces con palabras imposibles, verdaderos chismes de salón. Impresionante. Y siempre a una tercera persona que no podía hacer otra cosa que ser El espectador de tal espectáculo. Creerán que estoy loco, pero juro que más de una vez llegaron a realizar verdaderas armonías corales que ni el mismísimo Vivaldi.

Pero un día las hermanas Angustias y Dolores Valcerillas, sin pretenderlo, me enseñaron algo que ya no olvidé jamás.
Por un asunto que no logro a recordar, tuve que acercarme una tarde a la casa de las hermanas. Ellas, amables como ninguna y en busca de una víctima para una de sus charlas, me invitaron a un café que creo que no llegué a tomar. Durante unos largos 40 minutos aquellas virtuosas de la palabra hablaban y hablaban sobre no sé qué de un etarra que estaba en la cárcel. Creo, ya digo. Primero intentaban hablar conmigo pero luego note que se hablaban una a la otra como si yo no existiera. Luego de pensar un poco en la situación y sin motivo aparente, ni riesgo innecesario, para abrir la boca llegue a una revelación que verdaderamente me sorprendió. Y justo en sus caras arrugadas y con una voz pavorosa les grite:

-¡ESTAIS SORDAAAAAS!

Y efectivamente, al no tener ningún tipo de respuesta descubrí el extraño secreto de las Valcerillas.
Cuando regresaba a mi casa, dejando a las sordas cotorras cotorreando, pensé en una verdad que siempre recordaré:

Lo importante no es hablar mucho, lo primordial es escuchar lo mejor posible.